Sinusoide de la convención social

En una homología a través del tiempo y del espacio.

Capítulo 1   (Fotos 1, 2, 3 y croquis 4c)

El señorío de Molina de los Caballeros es un pequeño mundo.  La muralla más exterior, fortalecida  al lado de los ríos Gallo y La Cava,  recoge a la población. Siervos y nobleza moran en las mismas calles y conviven en los menesteres propios de cada clase. Gozan del derecho de behetría (poder de elegir al Señor del Señorío de entre cierta casta nobiliaria). La base económica es casi autártica; mas entre los lienzos se cruzan los adarves por puertas y puentes, lo que no restringe el filtro de paso de la gleba.  La muralla de la albacara, sin embargo, más arriba protegiendo las torres, es más exclusiva de la casta alta al servicio inmediato del Señor (antiguamente en la albacara estaba aposentada la población de Molina, pero quedándose pequeño el recinto, se hizo la muralla hasta los ríos y se construyeron los palacios, las iglesias y demás dependencias y viviendas). A mayor altura las airosas siete torres que conforman la alcazaba, con su gran patio de armas dando cobijo a la cohorte de servicios del Señor.

Desde el puente levadizo  se asciende por una coracha a la cima de la colina coronada por la majestuosa torre de Aragón; último refugio, en su caso, del Señor.

El frio intenso y las heladas a destiempo merman las cosechas que ya de por sí dan poco para una población, que ha ido aumentado por migraciones del norte; la ciudadanía se resiente, el descontento cunde por doquier, la mendicidad y la peste hacen estragos. Los ilustrados salen a flote, es el momento, es la ocasión de manifestarse, y las asambleas se trasforman en algaradas. Desde la Soledad y san Francisco acuden en masa a la plaza Mayor por un lado, y desde san Pedro y san Felipe por el otro.

Mientras, en la Picota está arriscado a socaire de las torres vigía, el grupo intelectual. Se necesita un caudillo, que enfervorice al pueblo; y el idóneo - por unanimidad - es Martillo Pilón, que goza de carisma, buena facha  y verbo fácil. Desde allí se decide dar el golpe de mano y de pié.  Con el terreno despejado y en condiciones idóneas, hacia la plaza se dirigen.

Ya en la horma, a las primeras palabras de Pilón, el pueblo - donde cada cual se considera hidalgo - se desahoga en gritos: ¡No queremos "duglesclines", no, y  "beltranes" tampoco,  Molina es de Aragón! Calentado el personal, Martillo machaca al orden constituido como causante de todos los males y de seguido promete una existencia mejor, un orden nuevo, más equitativo, más comunal y solidario. El pueblo está encandilado por las promesas y presto a cambiar, enfervorizado  proclama: ¡Molina de Aragón es Molina de Pilón! La euforia se disemina  hacia los barrios, con la consiga de fermentar el malestar en asambleas populares en torno a cabecillas menores.

Mientras el pueblo convencido se reúne, el aparato para la insurrección se aleja y se acuartela en el Rinconcillo. Todo está listo para emprender la ruta señorial.  Se trata de recoger el descontento trasformado en acritud y encauzarlo en protesta y reivindicación... ¿pero cómo hacerlo dentro de un orden impuesto?... caída de manos... y de entre todas una se mantiene inhiesta, es Peluso " el convencedor", quien espeta a media voz: "podemos hacer uso de la prerrogativa del pueblo cual es el derecho de behetría y extenderlo más allá de la nobleza  elegible; ampliarla a todos, pues todos somos caballeros de las murallas para dentro".  Unánimemente asienten y se miran y admiran, esperando la respuesta de Pilón, quien mayestáticamente cierra martilleando sílaba a sílaba: Ha encontrado  la dovela central, ha colocado la clave del arco triunfal.   

 

 

Capítulo 2   (Fotos 5, 6, 7 y croquis 7c)

Algunos hidalgos esperan, al sol, en la puerta del Chorro para unirse a la causa (unos por convencimiento, otros por provecho propio) que personifica la multitud que viene por la senda de los Batanes. Y todos en tropel dirigen sus pasos sobre los guijarros hasta la puerta de Caballos, para entrar en la albacara. Puerta cerrada y guardia de Caballeros hacen detener a la comitiva; mas oyendo el griterío de la muchedumbre, asoma la bandera blanca de la torre de doña Blanca, pues no se puede contravenir a todo un pueblo.  

Reunidos en la torre de Armas, la cohorte y el comité de los llamados comuneros, no encuentran salida a la situación. Solo que la de ejercer  la behetría extendida, la única manera de colmar y calmar las aspiraciones de la incitada población. En principio el Señor lo seguirá siendo , pero el gobierno lo llevará quien designe el pueblo soberano.

Mientras se repliegan, en la mente de los dirigentes rebeldes se ajusta el plan, el pergamino de ruta se va cumpliendo.  

Los acontecimientos se suceden rápidamente. La nobleza se ve impelida y no encuentra apenas adeptos salvo sus siervos más allegados y fieles.

Se aglomera la multitud en la rebosante plaza Mayor, y desde el balcón del Consistorio el Corregidor pregunta: ¡Molineses! ¿a quién queréis de Gobernador?... un silencio... que se hace estruendo casi unánime: ¡A Martillo Pilón!

 Avisado este, al encontrarse apostado en las traseras del palacio de los Montesoro con sus adláteres, al lado del río, por si acaso. Corren desenfrenados, cruzan las cuatro Esquinas desembocando en la hirviente plaza entre aclamaciones y vítores.  Ya en la horma, flanqueado de banderas rojinegras, Pilón henchido por el hervor se desemboca y sobrepasa lo dispuesto. Y  golpea con voz de pecho: ¡Ni protectores, ni señores de Lara; mañana será  proclamada la República de Molina!

Una algazara imponente asciende hasta las más altas torres.

 

Capítulo 3   (Fotos 8, 9, 10 y croquis 10c)

Se ganan las llaves de la puerta del reloj (sin reloj), se accede a la albacara y  la multitud se aposta en la puerta de la alcazaba, en silencio, solo tensión. Parece no responder nadie. En el patio de armas todo está preparado, dispuesto para partir. El señor de Lara ha desistido y para que no se derrame la sangre de su pueblo, abandonará la ciudad con su cortejo y los caballeros del Carmen.

La ciudadanía abarrota las calles por donde ha de pasar la comitiva. Muchos rostros expresan de alguna manera una sensación que no creían podría llegar nunca, unos débiles atisbos nostálgicos de algo que aún no ha pasado. El tropel señorial cruza el río por el puente Viejo, dejan atrás san Francisco y se alejan por el Sur. Ya arriba de la cuesta de los Almacenes, la comitiva se para, vuelven la vista atrás para conjurarse con un unísono  ¡volveremos!. Después de remontar, sin ser vistos,  giran hacia el Oeste salvando un collado para dirigirse al barranco de la Hoz, donde quedarán pertrechados a la espera de acontecimientos. Cae la noche.

    

Capítulo 4   (Fotos 11, 12)

Al alba ondea en las torres la bandera rojinegra republicana.

La transición ha sido pacífica.

Muy pronto, doctrinarios,  oportunistas adeptos,  especuladores adictos, y algunos idealistas, ocupan las siete torres;  Pilón, sus adláteres y plana mayor de ideólogos, se encaraman y acondicionan en la torre de Aragón desde donde contemplan sus idealistas ambiciones. Arriban muchos más al panal, y se dan los primeros forcejeos por ocupar un lugar en el escalafón.

Por delante multitud de promesas para hacerlas realidad. Las reservas del castillo que no han podido retirar y las propiedades requisadas a la nobleza van a ser inmediatamente utilizadas en la trasformación anunciada. Para empezar, desde la segunda planta de la torre de Aragón, los teóricos y tecnócratas planifican la producción, las funciones, los cargos, etc. Implementarán todos los factores productivos en base a una economía  comunal única; preparan su propósitos de formación del espíritu señorial, en los aspectos educativos y culturales; se replantea la ocupación de viviendas que han quedado vacías;  y se organiza la atención social universal.

En definitiva se elabora y redacta un nuevo fuero de Molina (a secas).

 Al intervenir en casi todos los órdenes de la existencia, hace falta gran número de funcionarios adscritos al Consistorio y personal anexo para llevar tan inmensa burocracia y control. Y para que se respete el orden y no cundan los saqueos y las ocupaciones , se crea el cuerpo de la Guardia señorial republicana.

Martillo Pilón agotado se retira a sus aposentos en el tercer piso de la torre. Apoyado en las almenas, contempla la noche iluminada: arriba luna llena, estrellas titilantes, y abajo las luminarias de la ciudad a sus pies... se dice: ¡ya está!

 

Capítulo 5   (Fotos 13, 14, 15 y croquis 15c)

Se levanta el sol por Novella. Se reparten las tierras, que en gran parte estaban yermas o en barbechos  exagerados, indefinidos. Iglesias se trasforman en almacenes silos, mercado, matadero y demás servicios de primera necesidad. Se van gastando las reservas en la fase de construcción. Y la vida trascurre prosaica cada vez más nihilista acorde con los cambios sociales encorsetados. La abulia por la productividad se desvanece ante la planificada economía, la segura protección del gobierno, y la falta de iniciativa individual ante la incompetencia.

Mientras disminuyen las arcas públicas, empieza a darse el acomodamiento - la debilidad humana - de los situados en las castas superiores, y muchos cargos se convierten en canonjías y sinecuras. Por contra surgen a las primeras de cambio los disconformes, los desviacionistas, los disidentes, quienes son enseguida - para evitar arribadas y facciones - expulsados y cautelarmente recluidos en la iglesia de santa María del Collado.

La Administración se hincha tanto que los fondos reservados disminuyen potencialmente, y para seguir sosteniendo el régimen, los sectores productivos han de pagar más impuestos. En la población empieza notarse un malestar conforme avanza la depauperación, comienzan  a digerir como pagan para que los de arriba de las murallas, gocen de un nivel de vida inalterable por su condición de empleados al servicio del Común y Tierra.

El tesoro Público se agotó, se acabó lo que daba para la subsistencia de los siervos que tratan de sobrevivir a toda costa. La iniciativa particular se considera entremetedora y está  prohibida por el Régimen. La producción interna no da más que para ir empobreciéndose más, a la par que la contribución al Señorío se incrementa para sostener los gastos corrientes de personal y poco más como para contentar a la plebe con ayudas sociales; es un círculo vicioso que cada vez se infla más piramidalmente.

    

Capítulo 6   (Fotos 16, 17 y croquis 17c)

Conciliábulo en la torre de Veladores. Peluso "el convencedor" , cerebro  coordinador de todo el tinglado político, despliega una retahíla de efectos  no esperados a partir de los postulados teóricos. La hipótesis de partida se queda en mera entelequia al no ser viable y chocar con la idiosincrasia individualista de los molineses, que uno a uno se creen hidalgos. Ya no vale táctica alguna: ni ir hacia atrás, ni huir hacia delante, ni el conservadurismo sostenible. La reunión se difumina, se desvanecen los ánimos,  y queda en el ambiente la voz templada de Pilón como  una orla flotante: "del dicho al trecho hay un insuperable trecho". Y un rumor se extiende reverberando en la sala: "la cueva de la Mora está cegada".

 Los recluidos en la iglesia de santa María del Collado, ante el desbarajuste general son descuidados por la guardia, momentos que aprovechan para escapar , no sin antes incendiar el templo y arruinarlo.

Pilón y sus correligionarios dejan su último reducto, la torre de Baluarte, y por el puente levadizo ascienden por la coracha para no ser vistos, alcanzan la torre de Aragón, donde recogen su valija y pertrechos  y abandonan la ciudad por el Coso disimuladamente, en busca de un lugar para su revolución social más propicio que el de la orgullosa levantisca e individual  gente de Molina. 

  

Capítulo 7   (Fotos 18, 19, 20, 21, 22, 23)

Abajo, el pueblo sobrelleva abulia terrenal, anda cada vez más encrespado, la  penuria - antes o después - hará que estalle. En calles y plazas el malestar se generaliza, pero se dilapida en meras palabras y frases hechas de protesta. Otra vez tendrá que aparecer el encauzador que recoja el furor popular, un líder que represente el sentir general y le dé fuerza.

En la plaza de san Pedro (iglesia salvada del despojo) la muchedumbre se arremolina hasta el atrio, donde se sitúan los más renombrados molineses de pura cepa, para presentar al liberador Romerales, alias " cascurro". Un personaje conocido por todos, sin alcurnia ni riquezas, pero comprometido, socarrón y sobre todo astuto; presente en todos los eventos con un protagonismo comedido.

Ha sido designado por los  restos de la Junta Comunal de Villa y Tierra, para llevar la voz cantante sin mando alguno.

Le dan la palabra: "molineses, como liberador vuestro que soy, y lo soy por aclamación,  

he de deciros como somos, ¡ay! eternos sanchos y quijotes,  nos dice un manco de batalla, lo que no fue rémora para escribir con sencillez pero con profundidad su obra definitoria;  con tanta claridad que lo pudiese ver un tuerto como yo (algarabía). El "giraldo" ha cambiado de dirección, ahora el viento del Oeste hace flamear las banderas rojiblancas, que vuelven del barranco con una virgen encontrada en la hoz. Dicen los vigías que encabeza la marcha doña Clara, quien como sabéis es querida por la población desde su infancia por su gran apego y dedicación a la ciudad. Y nada más, pues ya sabéis que soy de mucha palabra y no he de alargarme, sino que hemos de prepararnos para recibir con honores a quienes vuelven a su pueblo".

     

Capítulo 8   (Fotos 24, 25, 26, 27 y croquis 24c)

La plaza Mayor se engalana con arcos triunfales y guirnaldas. Luce la luz de mediodía, todo brilla. Hay expectación y alegría. Al pronto ya suenan los cascos del tropel que llega por la calle Abajo, una vez cruzada la muralla exterior por la puerta del Baño.  

Hacen la entrada señorial con sus caballeros, séquito, cortejo y escolta en la plaza, entre el clamor popular desatado en loas y vítores, que se propagan hasta el último rincón de la ciudad.

Allí, en la angostura del barranco (ya de la virgen de la Hoz), con tiempo amplio, se habían tomado decisiones necesarias para ser trascendentales: se fraguó la instauración de un nuevo régimen (un nuevo Fuero).  

Desde la balconada del palacio de la Junta, flanqueado de dos escudos de Molina, el Coronel-jefe de la orden militar de la cofradía del Carmen arenga disertando: " Sin rencor ni diatribas para los que intentaron por poco tiempo consolidar un régimen en comuna, reconocemos lo que hicieron mientras agotaban las reservas, sin poder evitar que su sistema se estrellase contra la dura realidad de mantenerse de modo sostenible; y más queriendo contar con un pueblo como éste, tan obstinado por mantener su carácter y arraigadas tradiciones (aplausos, salvas). Sin más preámbulo que ya son ambages, he de anunciar solemnemente  a modo de sentencia, que podrá ejercer este pueblo, orgulloso de su derecho de behetría, la ampliación de ésta, para poder elegir sus gobernantes a través de elecciones libres para conformar la Cámara Popular, y que complementado con el  Consejo del Señorío, constituirán el Parlamento del Señorío (palmas, ovaciones). Se tendrá, como ya se tenía, la potestad para dar la aprobación del nuevo Señor dentro de la línea dinástica, evitando así divisiones; y nombrado, nos simbolice, represente, y arbitre los poderes.  Os participo que el Consejo ha considerado que tal nombramiento recaiga en, esta vez Señora: doña Clara, bien conocida de todos por su amor y dedicación a Molina, con el título de primera autoridad representativa, limitada a sus funciones y que según el ordenamiento del Señorío Parlamentario "la Señora señorea pero no gobierna". Quien deberá estar sometida a la aprobación, si procede, del  Parlamento, o en su caso, como es éste, si el pueblo  la sanciona por aclamación popular (aclamaciones, vítores). Y ante la evidencia por vista y oídos, concluyo: tengo el honor de deciros: ¡Pueblo de Molina, queda proclamada señora de Molina, con clarividencia, doña Clara!".

Mientras por el páramo hiela, hay helor y reina un frio estepario.

   

Lopiu de la Estepa

P.D.: Obra imaginada