LOS CABALLEROS DE DOÑA BLANCA

Dice el Fuero de Molina en su capítulo XI: “Vezino de Molina que oviere dos yovos de bueyes con su heredad y cien ovejas, tenga caballo, de silla, e si non oviera ganado o heredad que valla mil mencales, tenga caballo de silla”.
Con esto quedaba establecida una obligación para los que disponían de algunas riquezas en ganados o tierra; la de mantener caballo. ¿ Para qué ? . Para defender con él las fronteras del Señorío, para contar con un cuerpo de caballeros, que debiera estar en contacto con su señor.

Al parecer el autor del texto del Fuero formó un grupo de guerreros con los naturales de la tierra, con todos aquellos que se afiliaron con armas y caballos. Un estado necesita de sus gentes de guerra, y al elegirlas, éstas tienen ciertos privilegios a cambio de los servicios que se disponen a dar a su patria. Se les concedieron a los nobles molineses privilegios análogos a los que disfrutaba la nobleza castellana. Otra clase inferior fueron los hijosdalgos, que tenían que contribuir para la construcción y reparación de las fortalezas, quedando exentos de otra clase de trabajos.
Quedó formado aquél grupo de caballeros aguerridos, origen del pequeño ejército del limitado Estado formado a expensas de Castilla y Aragón, en los tiempos de don Manrique y obtuvo tanta fama, que a la capital se la denominó: Molina de los Caballeros, nombre que jamás debió perder.
Doña Blanca fue la que dio una gran organización a esta institución, y desde entonces se la llama Cabildo de Caballeros. Del cabildo salió una compañía que se llamó de Caballeros de Doña Blanca.
Según el historiador Helgueta, constaba de cien hombres que montaban caballos blancos, y que servían de magnífica escolta a la Infanta molinesa y que se hallaban prestos a la defensa de su tierra. Al Cabildo le asignó Doña Blanca, la renta perpetua del pan de pecho que pagaban los labradores de la tierra, que eran 160 fanegas de trigo y cebada y 8.878 maravedíes en metálico que entonces eran una gran fortuna.
Otros cronistas afirman que al principio sólo contaban con 25 jinetes, y que luego se elevó a 50. Hasta un centenar de caballeros con sus familias residieron en casas edificadas para ellos entre el Cinto y la Plaza de Armas (de los cien caballeros se tomó el nombre Cinto, al lugar cerrado entre los castillos y las murallas).
Como toda institución, la del Cabildo fue objeto de reformas. Sus primeros estatutos tuvieron carácter militar y religioso, a la vez parecido a los de las Ordenes militares. Para el ingreso eran precisos muchos requisitos; los aspirantes tenían que acreditar la limpieza de sangre de sus antecesores. No podían ingresar los que descendieran de moro o judío, hereje, hombre servil, tendero y mercader. El superior se llamaba Preboste y después Capitán, cuya obediencia juraban todos los caballeros.
Antes de ser admitidos, presentaban las armas que querían usar y el caballo que habían de montar. Al ingresar juraban, por su honor, defender el solar de sus mayores hasta morir. Si el caballo quedaba inutilizado en el servicio y no tenía recursos, se encargaba el Cabildo de atender a caballo y caballero.
Las Constituciones se hallaban comprendidas en un documento llamado Carta del Cabildo de Caballeros; estas constituciones fueron renovándose y ampliándose según las circunstancias. Las reformas eran hechas por los corregidores nombrados por los monarcas de acuerdo y a propuesta del propio cabildo. Estos caballeros intervinieron en las luchas de Castilla contra Aragón, o cuando los reyes los llamaban para defender su Patria. El uniforme blanco y rojo pudo verse en todos los climas y en todas las latitudes en infinidad de ocasiones que fueron requeridos sus servicios, dando lecciones de valor y de grandeza desde España al mundo entero.
Aún hoy queda el recuerdo de aquella institución molinesa, en la Cofradía Militar de Nuestra Señora del Carmen, y el día 16 de julio festividad de la Virgen del Carmen desfilarán estos caballeros por las calles de Molina, en una de las más vistosas procesiones y desfiles militares que se pueden contemplar en nuestro país.

Escrito por Don Angel Fraterno        

Publicado en Nueva Alcarria el 15 de julio de 1983.